
La Colección
La Colección
Sala 1: Manierismo
Los inicios del arte virreinal peruano fueron introducidos a través del lenguaje manierista, durante el siglo XVI junto con la expansión de la Compañía de Jesús en el Virreinato del Perú. Tras su llegada al puerto del Callao en 1568, los jesuitas establecieron una red de colegios, residencias y doctrinas que acompañó un proyecto evangelizador basado en el conocimiento de las lenguas y culturas amerindias. Conscientes del poder del arte como herramienta pedagógica y de conversión, promovieron la llegada de artistas formados en Europa, entre ellos el pintor italiano Bernardo Bitti, figura clave en la difusión del manierismo en los templos del Virreinato.
Junto a Mateo Pérez de Alessio y Angelino Medoro, Bitti introdujo un estilo caracterizado por figuras alargadas, poses expresivas, rasgos refinados y una marcada intensidad cromática y lumínica. Las obras reunidas en esta sala no solo reflejan una estética importada y adaptada a un nuevo contexto, sino también el papel fundamental que el arte cumplió en los primeros procesos de evangelización en América, reforzando una religión que daba sus primeros pasos en el continente.
Sala 1: Manierismo
Los inicios del arte virreinal peruano fueron introducidos a través del lenguaje manierista, durante el siglo XVI junto con la expansión de la Compañía de Jesús en el Virreinato del Perú. Tras su llegada al puerto del Callao en 1568, los jesuitas establecieron una red de colegios, residencias y doctrinas que acompañó un proyecto evangelizador basado en el conocimiento de las lenguas y culturas amerindias. Conscientes del poder del arte como herramienta pedagógica y de conversión, promovieron la llegada de artistas formados en Europa, entre ellos el pintor italiano Bernardo Bitti, figura clave en la difusión del manierismo en los templos del Virreinato.
Junto a Mateo Pérez de Alessio y Angelino Medoro, Bitti introdujo un estilo caracterizado por figuras alargadas, poses expresivas, rasgos refinados y una marcada intensidad cromática y lumínica. Las obras reunidas en esta sala no solo reflejan una estética importada y adaptada a un nuevo contexto, sino también el papel fundamental que el arte cumplió en los primeros procesos de evangelización en América, reforzando una religión que daba sus primeros pasos en el continente.
Sala 1: Manierismo
Los inicios del arte virreinal peruano fueron introducidos a través del lenguaje manierista, durante el siglo XVI junto con la expansión de la Compañía de Jesús en el Virreinato del Perú. Tras su llegada al puerto del Callao en 1568, los jesuitas establecieron una red de colegios, residencias y doctrinas que acompañó un proyecto evangelizador basado en el conocimiento de las lenguas y culturas amerindias. Conscientes del poder del arte como herramienta pedagógica y de conversión, promovieron la llegada de artistas formados en Europa, entre ellos el pintor italiano Bernardo Bitti, figura clave en la difusión del manierismo en los templos del Virreinato.
Junto a Mateo Pérez de Alessio y Angelino Medoro, Bitti introdujo un estilo caracterizado por figuras alargadas, poses expresivas, rasgos refinados y una marcada intensidad cromática y lumínica. Las obras reunidas en esta sala no solo reflejan una estética importada y adaptada a un nuevo contexto, sino también el papel fundamental que el arte cumplió en los primeros procesos de evangelización en América, reforzando una religión que daba sus primeros pasos en el continente.


Sala 2: Advocaciones Marianas
El papel central de la Virgen María en el contexto del Virreinato del Perú, es entendido en su aporte como figura mediadora entre Dios y los hombres. Su culto, cuestionado por el protestantismo durante la Reforma, fue reafirmado por la Iglesia católica en el marco de la Contrarreforma y difundido activamente en los territorios americanos. Las órdenes religiosas desempeñaron un rol fundamental en este proceso evangelizador, introduciendo en el Perú advocaciones marianas de origen español, como la Virgen del Rosario, promovida por los dominicos; la Inmaculada Concepción, difundida por los franciscanos; o la Virgen de Loreto, impulsada por los jesuitas.
Junto a estas imágenes, la sala presenta advocaciones marianas surgidas en el ámbito local, como la Virgen de Pomata, de Cocharcas o de Copacabana, que evidencian la especial acogida que tuvo la figura de María entre la población andina. Estas representaciones incorporan atributos, relatos y devociones propias, dando cuenta de un proceso de resignificación de un culto de origen europeo, adaptado a las creencias y sensibilidades del contexto americano.
Sala 2: Advocaciones Marianas
El papel central de la Virgen María en el contexto del Virreinato del Perú, es entendido en su aporte como figura mediadora entre Dios y los hombres. Su culto, cuestionado por el protestantismo durante la Reforma, fue reafirmado por la Iglesia católica en el marco de la Contrarreforma y difundido activamente en los territorios americanos. Las órdenes religiosas desempeñaron un rol fundamental en este proceso evangelizador, introduciendo en el Perú advocaciones marianas de origen español, como la Virgen del Rosario, promovida por los dominicos; la Inmaculada Concepción, difundida por los franciscanos; o la Virgen de Loreto, impulsada por los jesuitas.
Junto a estas imágenes, la sala presenta advocaciones marianas surgidas en el ámbito local, como la Virgen de Pomata, de Cocharcas o de Copacabana, que evidencian la especial acogida que tuvo la figura de María entre la población andina. Estas representaciones incorporan atributos, relatos y devociones propias, dando cuenta de un proceso de resignificación de un culto de origen europeo, adaptado a las creencias y sensibilidades del contexto americano.
Sala 2: Advocaciones Marianas
El papel central de la Virgen María en el contexto del Virreinato del Perú, es entendido en su aporte como figura mediadora entre Dios y los hombres. Su culto, cuestionado por el protestantismo durante la Reforma, fue reafirmado por la Iglesia católica en el marco de la Contrarreforma y difundido activamente en los territorios americanos. Las órdenes religiosas desempeñaron un rol fundamental en este proceso evangelizador, introduciendo en el Perú advocaciones marianas de origen español, como la Virgen del Rosario, promovida por los dominicos; la Inmaculada Concepción, difundida por los franciscanos; o la Virgen de Loreto, impulsada por los jesuitas.
Junto a estas imágenes, la sala presenta advocaciones marianas surgidas en el ámbito local, como la Virgen de Pomata, de Cocharcas o de Copacabana, que evidencian la especial acogida que tuvo la figura de María entre la población andina. Estas representaciones incorporan atributos, relatos y devociones propias, dando cuenta de un proceso de resignificación de un culto de origen europeo, adaptado a las creencias y sensibilidades del contexto americano.


Sala 3: Ángeles y Arcángeles
Entre las expresiones más singulares del arte virreinal peruano se encuentran los arcángeles arcabuceros, una iconografía sin precedentes en el arte europeo, desarrollada en los talleres pictóricos del Cusco y del Alto Perú hacia la década de 1680. Si bien la tradición cristiana heredó de Europa la concepción de los ángeles como seres celestiales y de los arcángeles como mensajeros de alto rango, en el contexto andino estas figuras adquirieron una nueva representación.
En lugar de los atributos habituales de la iconografía occidental, los arcángeles aparecen portando arcabuces y vestidos con una indumentaria suntuosa que combina elementos locales con influencias de la moda francesa del siglo XVIII. Sombreros adornados con plumas, brocados, bordados y amplias mangas refuerzan su carácter ceremonial y simbólico. Para algunos autores, esta iconografía articula referencias cristianas con antiguas nociones andinas de seres alados o aves guerreras, e incluso con la figura del dios del trueno, Illapa, cuya potencia fue asociada tempranamente al estruendo del disparo del arcabuz.
Sala 3: Ángeles y Arcángeles
Entre las expresiones más singulares del arte virreinal peruano se encuentran los arcángeles arcabuceros, una iconografía sin precedentes en el arte europeo, desarrollada en los talleres pictóricos del Cusco y del Alto Perú hacia la década de 1680. Si bien la tradición cristiana heredó de Europa la concepción de los ángeles como seres celestiales y de los arcángeles como mensajeros de alto rango, en el contexto andino estas figuras adquirieron una nueva representación.
En lugar de los atributos habituales de la iconografía occidental, los arcángeles aparecen portando arcabuces y vestidos con una indumentaria suntuosa que combina elementos locales con influencias de la moda francesa del siglo XVIII. Sombreros adornados con plumas, brocados, bordados y amplias mangas refuerzan su carácter ceremonial y simbólico. Para algunos autores, esta iconografía articula referencias cristianas con antiguas nociones andinas de seres alados o aves guerreras, e incluso con la figura del dios del trueno, Illapa, cuya potencia fue asociada tempranamente al estruendo del disparo del arcabuz.
Sala 3: Ángeles y Arcángeles
Entre las expresiones más singulares del arte virreinal peruano se encuentran los arcángeles arcabuceros, una iconografía sin precedentes en el arte europeo, desarrollada en los talleres pictóricos del Cusco y del Alto Perú hacia la década de 1680. Si bien la tradición cristiana heredó de Europa la concepción de los ángeles como seres celestiales y de los arcángeles como mensajeros de alto rango, en el contexto andino estas figuras adquirieron una nueva representación.
En lugar de los atributos habituales de la iconografía occidental, los arcángeles aparecen portando arcabuces y vestidos con una indumentaria suntuosa que combina elementos locales con influencias de la moda francesa del siglo XVIII. Sombreros adornados con plumas, brocados, bordados y amplias mangas refuerzan su carácter ceremonial y simbólico. Para algunos autores, esta iconografía articula referencias cristianas con antiguas nociones andinas de seres alados o aves guerreras, e incluso con la figura del dios del trueno, Illapa, cuya potencia fue asociada tempranamente al estruendo del disparo del arcabuz.


Santa Rosa de Lima
En la Lima del siglo XVII, la religiosidad marcaba el ritmo cotidiano de la ciudad y definía su identidad. Iglesias, conventos, procesiones y repiques de campanas convertían el espacio urbano en un escenario permanente de devoción. Hacia fines del siglo, esta intensidad espiritual dio lugar a un fenómeno excepcional: Lima se consolidó como cuna de santidad, al albergar a cinco santos contemporáneos, afirmándose como uno de los principales centros religiosos del imperio hispánico.
En este contexto se inscribe la figura de Santa Rosa de Lima, primera santa americana y eje de una de las campañas de canonización más rápidas de la historia, culminada en 1671. Su culto fue impulsado por la convergencia de distintos intereses: la Orden de Predicadores, que afirmaba su rol evangelizador; los criollos, que encontraban en Rosa un símbolo de legitimación y pertenencia; y la Corona española, que veía en ella la confirmación del éxito del virreinato como proyecto.
Santa Rosa de Lima
En la Lima del siglo XVII, la religiosidad marcaba el ritmo cotidiano de la ciudad y definía su identidad. Iglesias, conventos, procesiones y repiques de campanas convertían el espacio urbano en un escenario permanente de devoción. Hacia fines del siglo, esta intensidad espiritual dio lugar a un fenómeno excepcional: Lima se consolidó como cuna de santidad, al albergar a cinco santos contemporáneos, afirmándose como uno de los principales centros religiosos del imperio hispánico.
En este contexto se inscribe la figura de Santa Rosa de Lima, primera santa americana y eje de una de las campañas de canonización más rápidas de la historia, culminada en 1671. Su culto fue impulsado por la convergencia de distintos intereses: la Orden de Predicadores, que afirmaba su rol evangelizador; los criollos, que encontraban en Rosa un símbolo de legitimación y pertenencia; y la Corona española, que veía en ella la confirmación del éxito del virreinato como proyecto.
Santa Rosa de Lima
En la Lima del siglo XVII, la religiosidad marcaba el ritmo cotidiano de la ciudad y definía su identidad. Iglesias, conventos, procesiones y repiques de campanas convertían el espacio urbano en un escenario permanente de devoción. Hacia fines del siglo, esta intensidad espiritual dio lugar a un fenómeno excepcional: Lima se consolidó como cuna de santidad, al albergar a cinco santos contemporáneos, afirmándose como uno de los principales centros religiosos del imperio hispánico.
En este contexto se inscribe la figura de Santa Rosa de Lima, primera santa americana y eje de una de las campañas de canonización más rápidas de la historia, culminada en 1671. Su culto fue impulsado por la convergencia de distintos intereses: la Orden de Predicadores, que afirmaba su rol evangelizador; los criollos, que encontraban en Rosa un símbolo de legitimación y pertenencia; y la Corona española, que veía en ella la confirmación del éxito del virreinato como proyecto.


Sala 5: Imaginería Virreinal
La imagen tridimensional fue una de las maneras más eficaces para conmover y acercar la fe a los fieles del Virreinato. La escultura, capaz de ocupar el espacio y casi cobrar vida, apelaba a la emoción a través del detalle minucioso, la expresividad de los gestos y la posibilidad de ser trasladada y venerada en templos, conventos, hogares o procesiones públicas. Por estas razones, la imaginería se convirtió en una de las manifestaciones más difundidas y poderosas del arte virreinal peruano.
Desde inicios del siglo XVII, la influencia de la escuela sevillana, encabezada por Juan Martínez Montañés, marcó profundamente la producción escultórica local, visible en el naturalismo de las tallas en madera y en la atención al detalle anatómico. Junto a esta tradición europea, los talleres andinos incorporaron materiales y saberes propios del territorio, como el uso del maguey en el sur andino, que dio lugar a soluciones técnicas originales. Estas obras son el resultado de un trabajo colectivo: escultores, pintores y doradores intervenían sucesivamente en cada pieza, reflejando la riqueza de oficios y la complejidad material que caracterizan la producción.
Sala 5: Imaginería Virreinal
La imagen tridimensional fue una de las maneras más eficaces para conmover y acercar la fe a los fieles del Virreinato. La escultura, capaz de ocupar el espacio y casi cobrar vida, apelaba a la emoción a través del detalle minucioso, la expresividad de los gestos y la posibilidad de ser trasladada y venerada en templos, conventos, hogares o procesiones públicas. Por estas razones, la imaginería se convirtió en una de las manifestaciones más difundidas y poderosas del arte virreinal peruano.
Desde inicios del siglo XVII, la influencia de la escuela sevillana, encabezada por Juan Martínez Montañés, marcó profundamente la producción escultórica local, visible en el naturalismo de las tallas en madera y en la atención al detalle anatómico. Junto a esta tradición europea, los talleres andinos incorporaron materiales y saberes propios del territorio, como el uso del maguey en el sur andino, que dio lugar a soluciones técnicas originales. Estas obras son el resultado de un trabajo colectivo: escultores, pintores y doradores intervenían sucesivamente en cada pieza, reflejando la riqueza de oficios y la complejidad material que caracterizan la producción.
Sala 5: Imaginería Virreinal
La imagen tridimensional fue una de las maneras más eficaces para conmover y acercar la fe a los fieles del Virreinato. La escultura, capaz de ocupar el espacio y casi cobrar vida, apelaba a la emoción a través del detalle minucioso, la expresividad de los gestos y la posibilidad de ser trasladada y venerada en templos, conventos, hogares o procesiones públicas. Por estas razones, la imaginería se convirtió en una de las manifestaciones más difundidas y poderosas del arte virreinal peruano.
Desde inicios del siglo XVII, la influencia de la escuela sevillana, encabezada por Juan Martínez Montañés, marcó profundamente la producción escultórica local, visible en el naturalismo de las tallas en madera y en la atención al detalle anatómico. Junto a esta tradición europea, los talleres andinos incorporaron materiales y saberes propios del territorio, como el uso del maguey en el sur andino, que dio lugar a soluciones técnicas originales. Estas obras son el resultado de un trabajo colectivo: escultores, pintores y doradores intervenían sucesivamente en cada pieza, reflejando la riqueza de oficios y la complejidad material que caracterizan la producción.


Sala 6: Alegorías
El arte virreinal desarrolló un lenguaje profundamente simbólico, en el que las ideas religiosas más complejas se expresan a través de imágenes cargadas de significados múltiples. La lectura alegórica invita al espectador a observar con atención: cada figura, gesto u objeto cumple una función precisa y solo en conjunto revela el mensaje que la obra propone.
Una de las representaciones más elocuentes de esta lógica visual es La Nave de la Iglesia (siglo XVIII). En esta composición monumental, la Iglesia aparece figurada como una embarcación que avanza entre aguas turbulentas: Cristo se alza en el mástil en forma de cruz, la Virgen ocupa la vela, el arcángel Miguel guía la proa y San Pedro resguarda la popa. Santos, padres de la Iglesia, profetas y herejes conforman una escena dinámica que narra el triunfo del cristianismo sobre el pecado y la disidencia. La nave se convierte así en imagen de la salvación, un vehículo espiritual conducido por la fe colectiva hacia la redención.
Sala 6: Alegorías
El arte virreinal desarrolló un lenguaje profundamente simbólico, en el que las ideas religiosas más complejas se expresan a través de imágenes cargadas de significados múltiples. La lectura alegórica invita al espectador a observar con atención: cada figura, gesto u objeto cumple una función precisa y solo en conjunto revela el mensaje que la obra propone.
Una de las representaciones más elocuentes de esta lógica visual es La Nave de la Iglesia (siglo XVIII). En esta composición monumental, la Iglesia aparece figurada como una embarcación que avanza entre aguas turbulentas: Cristo se alza en el mástil en forma de cruz, la Virgen ocupa la vela, el arcángel Miguel guía la proa y San Pedro resguarda la popa. Santos, padres de la Iglesia, profetas y herejes conforman una escena dinámica que narra el triunfo del cristianismo sobre el pecado y la disidencia. La nave se convierte así en imagen de la salvación, un vehículo espiritual conducido por la fe colectiva hacia la redención.
Sala 6: Alegorías
El arte virreinal desarrolló un lenguaje profundamente simbólico, en el que las ideas religiosas más complejas se expresan a través de imágenes cargadas de significados múltiples. La lectura alegórica invita al espectador a observar con atención: cada figura, gesto u objeto cumple una función precisa y solo en conjunto revela el mensaje que la obra propone.
Una de las representaciones más elocuentes de esta lógica visual es La Nave de la Iglesia (siglo XVIII). En esta composición monumental, la Iglesia aparece figurada como una embarcación que avanza entre aguas turbulentas: Cristo se alza en el mástil en forma de cruz, la Virgen ocupa la vela, el arcángel Miguel guía la proa y San Pedro resguarda la popa. Santos, padres de la Iglesia, profetas y herejes conforman una escena dinámica que narra el triunfo del cristianismo sobre el pecado y la disidencia. La nave se convierte así en imagen de la salvación, un vehículo espiritual conducido por la fe colectiva hacia la redención.


Sala 7: Cusco Siglo XVII
La pintura producida en el Cusco del siglo XVII revela un escenario artístico marcado por la autonomía creativa y la afirmación de una voz propia. Lejos de una producción seriada o meramente imitativa, los talleres cusqueños estuvieron integrados por artistas que desarrollaron lenguajes visuales singulares, capaces de dialogar con los modelos europeos y transformarlos desde su propia experiencia cultural.
Tras el terremoto que afectó a la ciudad a mediados del siglo XVII, la reconstrucción urbana impulsó una intensa actividad artística en iglesias, capillas y monasterios. En este contexto, la herencia manierista evolucionó hacia un estilo con rasgos propios: naturalismo, riqueza cromática, atención minuciosa al detalle y amplios paisajes. Destacan figuras como Diego Quispe Tito y Basilio de Santa Cruz Pumacallao, cuyos lienzos —algunos firmados— dan cuenta del prestigio alcanzado por estos pintores y de la consolidación de una tradición pictórica cusqueña con identidad propia.
Sala 7: Cusco Siglo XVII
La pintura producida en el Cusco del siglo XVII revela un escenario artístico marcado por la autonomía creativa y la afirmación de una voz propia. Lejos de una producción seriada o meramente imitativa, los talleres cusqueños estuvieron integrados por artistas que desarrollaron lenguajes visuales singulares, capaces de dialogar con los modelos europeos y transformarlos desde su propia experiencia cultural.
Tras el terremoto que afectó a la ciudad a mediados del siglo XVII, la reconstrucción urbana impulsó una intensa actividad artística en iglesias, capillas y monasterios. En este contexto, la herencia manierista evolucionó hacia un estilo con rasgos propios: naturalismo, riqueza cromática, atención minuciosa al detalle y amplios paisajes. Destacan figuras como Diego Quispe Tito y Basilio de Santa Cruz Pumacallao, cuyos lienzos —algunos firmados— dan cuenta del prestigio alcanzado por estos pintores y de la consolidación de una tradición pictórica cusqueña con identidad propia.
Sala 7: Cusco Siglo XVII
La pintura producida en el Cusco del siglo XVII revela un escenario artístico marcado por la autonomía creativa y la afirmación de una voz propia. Lejos de una producción seriada o meramente imitativa, los talleres cusqueños estuvieron integrados por artistas que desarrollaron lenguajes visuales singulares, capaces de dialogar con los modelos europeos y transformarlos desde su propia experiencia cultural.
Tras el terremoto que afectó a la ciudad a mediados del siglo XVII, la reconstrucción urbana impulsó una intensa actividad artística en iglesias, capillas y monasterios. En este contexto, la herencia manierista evolucionó hacia un estilo con rasgos propios: naturalismo, riqueza cromática, atención minuciosa al detalle y amplios paisajes. Destacan figuras como Diego Quispe Tito y Basilio de Santa Cruz Pumacallao, cuyos lienzos —algunos firmados— dan cuenta del prestigio alcanzado por estos pintores y de la consolidación de una tradición pictórica cusqueña con identidad propia.


Sala 8: Cusco Siglo XVIII
El siglo XVIII marcó el momento de mayor expansión y prestigio de la escuela cusqueña. La producción artística de la Ciudad Imperial se consolidó como un modelo dominante en el virreinato, con una circulación amplia y una demanda sostenida que convirtió a Cusco en el principal centro artístico de estos territorios.
Pintores como Marcos Zapata, Basilio Pacheco y Mauricio García alcanzaron un estatus consagrado y adaptaron su lenguaje visual a un público cada vez más amplio. El barroco hispano adquirió aquí una expresión propia, caracterizada por el uso protagónico del oro como signo de esplendor y abundancia. Las obras de esta sala destacan por la aplicación del dorado mediante técnicas como el pan de oro y el sobredorado, así como por la diversificación de los oficios artísticos: pintura, escultura, tallado en madera, orfebrería y platería. Esta amplitud técnica y material refleja no solo el auge estético de la escuela cusqueña, sino también su consolidación económica y su capacidad para responder a nuevas demandas, tanto religiosas como profanas.
Sala 8: Cusco Siglo XVIII
El siglo XVIII marcó el momento de mayor expansión y prestigio de la escuela cusqueña. La producción artística de la Ciudad Imperial se consolidó como un modelo dominante en el virreinato, con una circulación amplia y una demanda sostenida que convirtió a Cusco en el principal centro artístico de estos territorios.
Pintores como Marcos Zapata, Basilio Pacheco y Mauricio García alcanzaron un estatus consagrado y adaptaron su lenguaje visual a un público cada vez más amplio. El barroco hispano adquirió aquí una expresión propia, caracterizada por el uso protagónico del oro como signo de esplendor y abundancia. Las obras de esta sala destacan por la aplicación del dorado mediante técnicas como el pan de oro y el sobredorado, así como por la diversificación de los oficios artísticos: pintura, escultura, tallado en madera, orfebrería y platería. Esta amplitud técnica y material refleja no solo el auge estético de la escuela cusqueña, sino también su consolidación económica y su capacidad para responder a nuevas demandas, tanto religiosas como profanas.
Sala 8: Cusco Siglo XVIII
El siglo XVIII marcó el momento de mayor expansión y prestigio de la escuela cusqueña. La producción artística de la Ciudad Imperial se consolidó como un modelo dominante en el virreinato, con una circulación amplia y una demanda sostenida que convirtió a Cusco en el principal centro artístico de estos territorios.
Pintores como Marcos Zapata, Basilio Pacheco y Mauricio García alcanzaron un estatus consagrado y adaptaron su lenguaje visual a un público cada vez más amplio. El barroco hispano adquirió aquí una expresión propia, caracterizada por el uso protagónico del oro como signo de esplendor y abundancia. Las obras de esta sala destacan por la aplicación del dorado mediante técnicas como el pan de oro y el sobredorado, así como por la diversificación de los oficios artísticos: pintura, escultura, tallado en madera, orfebrería y platería. Esta amplitud técnica y material refleja no solo el auge estético de la escuela cusqueña, sino también su consolidación económica y su capacidad para responder a nuevas demandas, tanto religiosas como profanas.

